Gogoratzen nauzuenetan

Ya es primavera

Idazlea/Escritora: Sergio Generelo Tresaco

Ilustratzailea/Ilustradora: June Martin Sagastume

En el asfalto se habían desvanecido ya las últimas huellas de nieve del invierno del mismo modo que de su alma parecían también haber desaparecido las sangrantes heridas de aquel terrible desengaño. Era ya primavera. Una primavera radiante que invitaba a dejar atrás aquellos aciagos días de inseguridad acumulada, de rabia contenida, de lloros en la madrugada. Aquellos días en los que simplemente se había ocultado del mundo en su oscuro apartamento, intentando huir de todo ese dolor. Jamás lo hubiera pensado pero aquel inicial “te quiero” de ese joven apuesto seguido de un “eres la mujer de mi vida” dio paso, en apenas unos meses, a las desconfianzas, a los reproches, a los insultos…, a un desprecio consentido durante demasiado tiempo y a una incomprensible dependencia de ese hombre al que había entregado tan sincero y mal correspondido amor. Así, semana tras semana para acabar una noche con ese golpe seco, mano abierta y gesto adusto, que tiño de un rojo vivo sus labios sin pintar y de un negro opaco su frágil dignidad. Ese fue el detonante final. No hubo más. Valiente, hizo todo lo que se suponía que debía hacer: denuncia policial, declaración ante el juzgado, orden de alejamiento… Pero el dolor siguió allí. No el dolor físico de una boca partida por un lacerante dorso. No, ese sanó pronto. El otro, el intenso dolor de la decepción, del arrepentimiento, de la impotencia por las decisiones equivocadas, continuó allí, agazapado en su pecho. Ese dolor que le forzó a dejar de salir, a no querer ver a nadie, a abandonar poco a poco su idílica cotidianeidad.

Pero ahora ya era primavera. Tenía que volver a vivir, desterrar el recuerdo de esa helada tristeza que tanto le atenazaba. Si, cuando cesara el frío, se había dicho, sacaría fuerzas, se vestiría de largo, se maquillaría bella y saldría a pasear, a beber algo, a bailar… Esa mañana de sábado se levantó temprano y sacó del armario el vestido más colorido que encontró. Se calzó sus zapatos burdeos de tacón alto, decoró su cara con luminoso frescor, cogió su elegante bolso de cuero marrón y se dirigió al zaguán de la entrada. Allí, respiró un par de veces, apretó sus puños y apartó levemente el visillo de la contraventana, contemplando la absoluta normalidad que reflejaba la bulliciosa acera. Ciertamente ya era primavera y el asfalto estaba limpio de nieve. Por fin, salió a la calle…